He escrito anteriormente en otras plataformas sobre este
asunto y la verdad, no creo que se trate de un debate de opiniones, sino de
conciencia. Tampoco considero que la libertad de pensamiento, credo o identidad
cultural, todas ellas importantísimas y necesarias para el bienestar de una
sociedad, tengan absolutamente nada que ver en este debate.
Esforzarse a diario para tener una imagen agradable a los
demás requiere de la combinación proporcionada de inteligencia emocional,
educación, salud mental y física, capacidad de observación del entorno y un
enorme respeto tanto hacia uno mismo como hacia los demás. Si partimos de la premisa (no hagamos esto a la ligera) de que alguien con un mal aspecto o pésima imagen -a ojos de la mayoría que tratan a diario con ésta persona- no tiene ninguna enfermedad, ni física ni mental, ni es adicto a ninguna droga depresiva o alucinógena, ni está bajo tratamiento médico o psiquiátrico por algo grave, entonces, no tiene excusa.
Una persona saludable a quien no le importe ser agresivo u ofensivo a la percepción ajena de la mayoría de los mortales con quienes “decide” trazar su diario vivir, claramente, no ha sido bendecida con el regalo de la educación y los valores que ésta conlleva en su seno familiar, o bien, a pesar de haber recibido ésta y otras bendiciones, dicha persona es simplemente un completo o completa egoísta, que sólo piensa en satisfacer sus necesidades y que no le incomoda en lo absoluto causar un agravio a terceros, con su toma de decisiones, entre ellas, las que conciernen a su aspecto.
Si llegamos a este punto, nos topamos con el cruce de dos
corrientes de actitud: el egoísmo y la falta de ética cultural y social.
El concepto del “amor al prójimo” parece ser el objeto de
burla favorito para este tipo de individuo, quien solo puede convivir con
personas que tengan las mismas carencias emocionales (lo cual no les garantiza
la felicidad) o con personas que viven aterradas, sometidas a su voluntad.
Porque los que queden fuera de cualquiera de estos dos grupos no van a tolerar
la agresividad pasiva y la falta de respeto de alguien consciente que, con su
imagen, anuncie públicamente que los demás no le importan en lo absoluto.
La libertad de uno termina donde comienza la del otro.
Generalmente todos están de acuerdo en la premisa, el conflicto surge cuando
una persona no tiene el valor de aceptar en qué momento terminó su espacio de
libertad.
Hay que tener la inteligencia emocional en “modo estable” para tener la capacidad de detectar los límites de la sana convivencia o por lo menos haber sido exquisitamente educado bajo una disciplina casi extinta, porque hace casi 40 años que pasó de moda y que llevó a las nuevas generaciones a ser -demasiado a menudo- egoístas y maleducados, en proporciones catastróficas.
Hay que tener la inteligencia emocional en “modo estable” para tener la capacidad de detectar los límites de la sana convivencia o por lo menos haber sido exquisitamente educado bajo una disciplina casi extinta, porque hace casi 40 años que pasó de moda y que llevó a las nuevas generaciones a ser -demasiado a menudo- egoístas y maleducados, en proporciones catastróficas.

Ojo, el consumismo es una fiera atroz de dos cabezas, el exceso y el pasotismo reivindicativo, ambos extremos son nocivos. Ojala
aprendamos pronto a ser un mejor auriga, nivelando la necesidad de vernos
bien, es decir, saludables y agradables a los demás, contra exageradas
exigencias de consumo que más que sumar, nos restan.
Al final del día, sumar éxito emocional, social y económico en nuestras vidas a través de nuestra imagen es, como todas las cosas importantes en nuestra vida, Cuestión de Actitud.
Al final del día, sumar éxito emocional, social y económico en nuestras vidas a través de nuestra imagen es, como todas las cosas importantes en nuestra vida, Cuestión de Actitud.
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